miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una mirada a la capital de Madeira (Portugal)



Funchal, un balcón frente al mar
Jardines, toboganes y vino en la capital de Madeira

© Texto, fotografías y vídeo: JAVIER PRIETO GALLEGO


Funchal se recuesta sobre la ladera de una montaña frente al Atlántico. Bahía de Funchal. Madeira. Portugal. © Javier Prieto Gallego
 Cuenta la leyenda que el archipiélago de Madeira fue descubierto por un tropezón. Más bien por un encontronazo. El que tuvo contra las costas del archipiélago el bergantín en el que viajaban el joven inglés Robert Machim y su enamorada, la francesa Anne d’Arfet. Hartos de la incomprensión del padre de ella se habían embarcado en secreto para poner agua de por medio hasta que su barco se estrelló contra el por entonces aún desconocido archipiélago. Una vez repuestos del batacazo, que hizo añicos la embarcación, lo que descubrieron fue un lugar paradisiaco, repleto de abruptas montañas, bosques interminables, acantilados de vértigo y flores tan olorosas que hacían perder el sentido: el jardín del Edén en mitad del Atlántico. Tanto les enganchó que decidieron quedarse a vivir allí para siempre.

Vídeo: Funchal. © Javier Prieto Gallego

 Pero no todos los náufragos de aquel viaje iban tan entregados al amor y las delicias. Un numeroso grupo decidió construir una embarcación con los restos de la anterior y alcanzar un lugar civilizado. Y lo alcanzaron, pero como esclavos tras ser capturados por piratas berberiscos y vendidos en Portugal. Es así como el relato de aquel archipiélago de naturaleza feraz y exótica llegó a oídos del rey portugués don Henrique El Navegante, que rápidamente envió a dos de sus capitanes a hacer pesquisas. Madeira, aquel paraíso de cielos limpios, olores penetrantes, árboles enormes, aves nunca vistas y peces exóticos se convirtió en portuguesa en el invierno de 1418.

Bahía de Funchal. Madeira. Portugal. © Javir Prieto Gallego

 Tras las primeras inspecciones circunnavegando la isla de Madeira –la más grande de las cuatro que conforman el archipiélago- quedó claro que el único lugar posible en el que poder trazar un asentamiento mínimamente ordenado era una pequeña extensión horizontal de la costa sur poblada, por entonces, de hinojos, funchos en portugués. Aquel campo de hinojos, un pequeño y soleado balcón rodeado de imponentes montañas, dio lugar a la actual capital de la isla, un animado núcleo de población en el que viven, más o menos, la mitad de todos sus habitantes.

Cafe do Museu, terraza del Museo de Arte Sacro. Plaça do Municipio. Funchal. Madeira. Portugal. © Javier Prieto Gallego
De entonces acá la historia de la isla ha estado marcada por su condición de archipiélago de paso, un alto en el camino para las embarcaciones que transitaban por el Atlántico camino del Nuevo Mundo, especialmente de los navegantes portugueses en sus viajes hacia Brasil. También por sus condiciones climáticas y orográficas. El origen volcánico de las islas, semejante al del archipiélago canario, del que dista 550 kilómetros, es el responsable de un relieve endiabladamente montañoso, con carencia de rellanos naturales en los que practicar la agricultura o extender asentamientos. Por eso Madeira es una isla de “sube y baja”, de empinadas rampas y puertos de montaña vertiginosos en los que fue necesario tallar cada parcela horizontal dedicada a los cultivos. Muchas panorámicas de la isla recuerdan los bancales balineses o vietnamitas que modelan las laderas de las montañas en interminables escalones cultivados. La evidencia más contundente de que una horizontal en Madeira es todo un lujo la tiene el viajero que llega a la isla por avión: la pista de su aeropuerto es una de las más cortas del mundo. Y eso después de que los 1.400 metros de longitud que medía la anterior tuvieran que se ampliados en el año 2003. Para hacerlo fue necesario inventarse una plataforma elevada sobre 180 pilares de 70 metros de alto que corre justo junto a la orilla del mar.

Carreiro a la puerta del antiguo Hotel Belmonte. Localidad de Monte. Funchal. Portugal. © Javier Prieto Gallego

 Un recorrido por esta ciudad, que aparece ante el viajero como una blanca sábana extendida sobre la ladera de la montaña puesta a secar frente al mar, acostumbra a comenzar en la praça do Município, el lugar en torno al que empezó a formarse como urbe –la primera que fundaron los portugueses fuera de Europa- y cuyo cuadrilátero reúne varios puntos de interés. Ahí se levanta la Câmara Municipal, un hermoso caserón del siglo XVIII cuya estampa pertenece a la tradición constructiva portuguesa que emanan los principales edificios del casco histórico. En su patio interior destaca la blancura de una fuente mitológica con Leda y el Cisne. A la plaza también se asoman el imponente convento de la Compañía de Jesús, construido también en el siglo XVIII, y, en el costado meridional, el Museo de Arte Sacro, que alberga en su interior una importante colección de pintura flamenca de los siglos XV y XVI. El resto de sus colecciones también revisten interés. Muchas de ellas proceden del pago que se hacía por los cargamentos de azúcar que salían de la isla. Casi desde la fundación de la ciudad, el cultivo de azúcar fue una de las principales actividades económicas y muchos de aquellos comerciantes llevaban los cargamentos hasta Amberes y Brujas. 

En los siglos pasados el vino constituyó uno de los puntales de la economía de la isla. Visita a la  bodega de la Madeira Wine Company. Bodegas de San Francisco. Old Blandy Wine Lodge. Funchal. Madeira. Portugal. © Javier Prieto Gallego

  El otro puntal económico de la isla fue durante siglos el comercio del vino. A mediados del siglo XV se importaron las cepas de malvasía que dieron origen al típico vino de Madeira, aromático, dulce y de color caoba. Pero este no sería lo que es si por el camino no se hubiera cruzado la colonización americana. La “culpa” la tuvieron los barcos ingleses que cargaban aquí las barricas de vino en su viaje hacia América pero con la intención de desembarcarlo a su vuelta en Londres. La razón es que habían descubierto que el viaje –el calor del ecuador, el balanceo del barco y las diferencias de temperatura y humedad- transformaban maravillosamente aquel vino en algo muy superior. De todo esto y mucho más –degustación incluida- se trata en la visita al Museo de Madeira Wine, ubicado en un conjunto de edificios entre los que están las bodegas más antiguas de vino de Madeira y en cuyo recorrido se descubren también cartas de personalidades famosas, documentos de las firmas inglesas que dieron origen a “Madeira Wine Co.”, libros, utensilios, un lagar del siglo XVII y antiguas máquinas utilizadas en la elaboración.

Puestos de fruta en el Mercado dos Lavradores. Funchal. Portugal. © Javier Prieto Gallego
 Otro lugar imprescindible del recorrido por Funchal es su Mercado de los Lavradores. En origen, era el lugar al que acudían los labradores de toda la isla a vender sus mercancías. Y aunque sigue cumpliendo esta función, es verdad que cada vez se encuentra más tomado por los turistas en busca de fotos coloristas. No es de extrañar. En primer lugar, porque sigue constituyendo un fabuloso muestrario de las variedades hortofrutícolas que se cultivan en Madeira, pródiga en especies tropicales de llamativos colores, olores y sabores. Y todo ello adobado por las vestimentas tradicionales que portan las vendedoras de flores que se instalan alrededor del mercado. Eso sí, como en todos los mercados, las primeras horas de la mañana suelen ser las de mayor intensidad y ajetreo.

Unos turistas disfrutan del clima apacible y la tranquilidad en la piscina del hotel Quinta da Bela Vista ubicado en una mansión señorial de 1844. En la localidad de Funchal, capital del archipiélago de Madeira (Portugal). Madeira se ha convertido en un destino turístico de referencia al que acuden durante todo el año jubilados y personas de un poder adquisitivo alto procedentes de distintos países de Europa, sobre todo ingleses. La isla conserva el sabor y el gusto de la época en la que Portugal e Inglaterra fueron naciones aliadas. © Javier Prieto Gallego


La última sugerencia de esta visita a Funchal exige volar por los aires. En este caso, colgado de un cable. Muy cerca del mercado se encuentran el jardín del Almirante Reis y el lugar del que parte el teleférico que conduce hasta Monte, una pequeña localidad varios kilómetros más arriba en la ladera cuya visita brinda varias oportunidades. La más promocionada por los folletos turísticos es el regreso hasta Funchal a bordo de un “carro de cesto”, una especie de trineo guiado por dos hombres que se desliza a una endiablada velocidad por entre las empinadas calles contando como único freno con las gruesas suelas de las botas de los carreiros  (y su probada habilidad para esquivar los imprevistos). Un tobogán urbano no apto para cardiacos.

Hotel Quinta da Bela Vista ubicado en una mansión señorial de 1844. Funchal. Madeira. Portugal. © Javier Prieto Gallego


La otra es –tras prolongar el viaje en teleférico- acercarse hasta el Jardín Botánico. En una isla que presume toda ella de ser un jardín en mitad del Atlántico pasear por entre sus más de 2.000 especies botánicas es una experiencia igual de delirante y llena de sorpresas pero indicada para espíritus mucho más sosegados. Además, cuenta con el aliciente de las generosas vistas que se gozan de la bahía sobre la que se extiende Funchal. Aromas, sonidos, colores y panorámicas que pueden hacer entrar en éxtasis a las almas más sensibles.

Pasajeros a bordo de un catamarán que realiza paseos por la costa de Madeira. Funchal. Madeira. Portugal. © Javier Prieto Gallego
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INFORMACIÓN. Web oficial: www.visitmadeira.pt

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