Conociendo el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama (II)

Ejemplar de pino silvestre en la Sierra de Guadarrama. Segovia. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Ejemplar de pino silvestre en la Sierra de Guadarrama. Segovia. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama: la sierra en la historia.

AIRES DE GUADARRAMA

La sierra que siempre estuvo ahí

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

La Sierra de Guadarrama es el espinazo montañoso que separa o vertebra las dos grandes mesetas del interior peninsular, marcando con su línea de cumbres una cicatriz rugosa y de notables protuberancias. En realidad, y desde que la península comenzó a poblarse, fue, más que otra cosa, un incordio: el escollo montañoso que había que salvar como fuera para transitar por el centro peninsular en las idas y venidas de norte a sur y de sur a norte. Un escollo, además, nada despreciable. Con altitudes por encima de los dos mil metros, el paso por sus collados fue siempre un asunto temido. En muchos casos de vida o muerte. Y, en muchos momentos del invierno, totalmente imposible.

 
Ahí donde está, y como quien no quiere la cosa, puso en aprietos hasta al ejército de Napoleón. El mismo ejército que había cruzado victorioso los Alpes se las vio y se las deseó para atravesar el Alto del León los días 23 y 24 de diciembre de 1808 en dirección a Villacastín, con unas condiciones meteorológicas tan adversas que el mismísimo Napoleón tuvo que bajarse del caballo para insuflar ánimos a sus tropas. De la misma forma, unas pocas semanas antes, los franceses tuvieron que emplearse a fondo para vencer la resistencia española que defendía el paso de Somosierra. Una cruenta batalla, la única dirigida en persona por Napoleón en España, que acabaron venciendo los franceses gracias al arrojo de la caballería polaca. Esta misma sierra, en otra guerra mucho más cercana, fue el cinturón que sujetó el avance fascista sobre Madrid durante los tres largos y penosos años que duró la contienda.
Vista de la Sierra de Guadarrama con la Cruz del Valle de los Caídos emergiendo entre la neblina. Sierra de Guadarrama. Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Madrid. España © Javier Prieto Gallego
Vista de la Sierra de Guadarrama con la Cruz del Valle de los Caídos emergiendo entre la neblina. Sierra de Guadarrama. Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Madrid. España © Javier Prieto Gallego
Nada de esto fue por casualidad. Los pliegues orográficos de Guadarrama dibujan un perfil serrano difícil de transitar, de laderas suaves pero bien servidas de bosques densos y puertos a alturas considerables. Ya Roma tuvo que buscar con tiento sus mejores pasos. Y dejó prueba de su habilidad constructiva trazando la calzada del puerto de la Fuenfría, aún viva y con largos trechos por los que circulan cientos de senderistas cada fin de semana.
Durante siglos fue una barrera montañosa tan temida por sus altitudes o sus ventiscas como por las “alimañas” que habitaban la fronda a la espera de cebarse con los viajeros perdidos que despistaban su rumbo en mitad de una tormenta. Y aunque el oso y el lobo aparecen documentados en ella por lo menos hasta comienzos del siglo XIX, el mayor temor de los viajeros fueron siempre los bandoleros que encontraron cobijo en sus mil repliegues y un campo de acción que ofrecía notables ventajas: caminos muy transitados por viajeros de toda condición que viajaban de las periferias hacia la capital de España y un terreno en el que desaparecer con facilidad una vez logrado el botín.
Panorámica de la provincia de Segovia desde la Sierra de Guadarrama. Segovia. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Panorámica de la provincia de Segovia desde la Sierra de Guadarrama. Segovia. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
La Pedriza, en la vertiente meridional y a mitad de camino entre los puertos de Guadarrama y Somosierra, ofrecía entre sus laberínticos callejones de granito un refugio de primera. Pablo Santos, uno de los bandoleros más recordados, contemporáneo de Luis Candelas y especialista en el asalto a diligencias, se movía por ellos como por su casa hasta que en la discusión por el reparto de un  botín Isidro “el de Torrelodones” le tumbó de un trabucazo. Entre los canchales de La Pedriza, el Alcornoque del Bandolero, un árbol de 11 metros de altura y entre 400 y 500 años de edad, catalogado por la comunidad de Madrid como árbol ejemplar, guarda su memoria. Y, cuenta la leyenda, que en alguno de sus recovecos también buena parte del botín ganado por Pablo Santos en sus trajines de bandolero.
Otros trajines mucho más placenteros fueron los que trajeron hasta esta sierra a monarcas de muy distinta personalidad. Especialmente desde que, en el siglo XVI, Madrid se convierte en capital del reino y la sierra, que se atisba con toda nitidez desde las ventanas de palacio, se convierte en ese rincón tentador hacia el que escaparse del mundo. La abundancia de caza -mayor y menor- en sus laderas aparece referida a lo largo de toda la Edad Media. Y sus vientos frescos y sanos son el remedio perfecto para aliviar tanto la tuberculosis como el muermo de la Corte. Enrique IV fue de los primeros en darse cuenta y levantó el palacio de Valsaín. Felipe II pilló una buena parcela de terrenos en las faldas del monte Abantos y construyó el palacio-monasterio más grande jamás visto hasta entonces: El Escorial. A Felipe V le iba más lo versallesco y prefirió el lado norte para un palacio más fresco: La Granja.
Imagen invernal de uno de los arroyos que descienden por la cara norte de la Sierra de Guadarrama Segovia. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Imagen invernal de uno de los arroyos que descienden por la cara norte de la Sierra de Guadarrama Segovia. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Y así, unos y otros, siempre buscaron para sus cacerías, pescas y holganzas los mismos repliegues serranos que, ya en los albores del siglo XX, enamoraron al grupo de entusiastas catedráticos disidentes del sistema educativo imperante que dieron en fundar la Institución Libre de Enseñanza. Su primera excursión  a la sierra fue un día de julio de 1883. Sin proponérselo en aquel momento estaban comenzado algo que ni siquiera tenía nombre: el guadarramismo. O lo que es igual: el amor y la fascinación por unas montañas que, hasta entonces, solo habían enamorado a los reyes, a los poetas y a algún pintor de la Corte, como al mismísimo Velázquez.
 
De hecho, no se puede explicar la historia de la sierra sin hablar del ahínco que pusieron los dirigentes de esta institución por convertirla en el telón de fondo de su sistema educativo. Volcaron hacia ella su atención y, en aquel pasado remoto en el que todavía estaba por descubrir para el gran público y viajar hasta allí desde Madrid suponía un viaje de tres horas, la convirtieron en su lugar preferido para la experimentación, para la observación, para la inspiración, en su principal libro de texto, en el lugar al que acudir para embeberse de las virtudes con las que se forjan los hombres de buena voluntad. Aquí descubrieron lo mismo que el indio Seattle en otro rincón del mundo: “No es la tierra la que pertenece al hombre, sino el hombre el que pertenece a la tierra”.
Dos montañeros en la cumbre de Cabeza Líjar (1.822,80 m) en la Sierra de Guadarrama.Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Madrid. España © Javier Prieto Gallego
Dos montañeros en la cumbre de Cabeza Líjar (1.822,80 m) en la Sierra de Guadarrama.Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Madrid. España © Javier Prieto Gallego
De su trabajo surgieron los primeros atisbos de una concienciación medioambiental que vive ahora, con la declaración de este entorno como parque nacional, uno de sus hitos más destacados. El Parque Nacional de la Sierra deGuadarrama se ha convertido en el decimoquinto de España y se prevé que, dada su proximidad a Madrid, sea uno de los más visitado de España. En la actualidad la zona recibe cerca de 1,8 millones de visitantes al año. Con sus 33.960 hectáreas protegidas, casi todas ellas por encima de los 1.500 metros de altitud y repartidas entre las comunidades de Castilla y León y Madrid, es ya el quinto en extensión.
 
Dejando al margen las críticas y parabienes que despierta en unos u otros esta declaración, es el final de un proceso que ha tardado casi 100 años en llegar. Tras aquel descubrimiento temprano y ya a la vuelta del siglo XX quedaron en evidencia dos cosas: la singularidad de estas montañas como espacio natural y que la fragilidad formaba parte de su esencia. No tardó en verse que el mismo amor que aseguraba su supervivencia era el que podía acabar con ellas: la proximidad de una urbe millonaria en habitantes deseosos de gozarla era, también, su principal amenaza.
 
Ya en los años 20 de siglo pasado se intensificó una campaña por hacer de estas montañas el tercer parque nacional, tras la creación de los de Ordesa y Covadonga. Y aunque no pudo lograrse, sí se consiguió que, al menos, tres de sus rincones se incluyeran en la lista de “sitios naturales de interés nacional”: La Pedriza, el pinar de la Acebeda y el circo y las lagunas de Peñalara como lugares representativos del roquedo, la vegetación y las cumbres de la sierra de Guadarrama. Algo después se incluía la Peña del Arcipreste, a petición de la Real Academia de la Lengua y para conmemorar el 600 aniversario de una de las obras cumbre de la poesía medieval española, El libro de buen amor. Esto sucedía en 1930.
MAPA DE SITUACIÓN 
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