La Senda de los Molinos

Azud de la fábrica de harinas Carretero, la de mayor longitud en este tramo del río Eresma. Senda los Molinos. Río Eresma a su paso por Segovia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego
Azud de la fábrica de harinas Carretero, la de mayor longitud en este tramo del río Eresma. Senda los Molinos. Río Eresma a su paso por Segovia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego
La Senda de los Molinos es una apetecible propuesta senderista que discurre por las orillas del Eresma en el corazón mismo de la capital segoviana.

Telas, harina ypapel

La Senda de los Molinos recorre las riberas del Eresma a su paso por Segovia

Texto, vídeo y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Igual que hoy lo es el petróleo, hubo un tiempo en el que el agua era el fluido que movía el mundo. Durante muchos siglos el agua fue el elemento indispensable para desarrollar la fuerza sobrehumana que ponía en movimiento maquinarias fantásticas, hacía posible la supervivencia sobre el planeta y facilitaba el progreso. Su capacidad de empuje no tenía rival a la hora de hacer girar ruedas gigantescas o levantar mazos que no sujetarían ni un segundo un millar de hombres con la respiración contenida. Sin esa fuerza ni el ingenio puesto para aprovecharla, la humanidad seguiría ahora en la Edad de Piedra: haríamos el pan sin harina, los animales no sabrían lo que son los piensos y no tendríamos ni idea de lo que es un trapo o una hoja de papel.

 Videorreportaje de la Senda de los Molinos
Por eso, en la fundación de cualquier núcleo urbano fue siempre fundamental tener en cuenta el discurrir cercano del agua. Y no solo para beber. Sobre todo para plantar junto a su cauce la ristra de ingenios hidráulicos que convertían en una tarea industrial faenas en las que el hombre empleaba, si podía realizarlas, ingentes cantidades de tiempo. Los molinos harineros nunca faltaban. Hasta el pueblo más pequeño contaba siempre con algún molino cerca del que echar mano para sus moliendas. Con el tiempo, se fueron sumando otros artilugios en los que el agua ponía la fuerza bruta y el ser humano el ingenio: como los batanes, formados por enormes martillos que golpeaban, desengrasaban y daban consistencia a los paños; pero también ferrerías,fraguas o, ya más tarde, fábricas de papel o turbinas eléctricas. Y así fue hasta que, precisamente, la llegada de la electricidad y la posibilidad de transformar esa fuerza bruta en una energía que podía transportarse hasta los lugares más remotos, puso fin a la industria movida por agua.
Azud del molino de Cabila, junto al puente de San Lorenzo. © Javier Prieto Gallego
Azud del molino de Cabila, junto al puente de San Lorenzo. © Javier Prieto Gallego

 

A no más de un kilómetro en línea recta del Acueducto, un sendero fluvial recorre las orillas del Eresma para repasar la historia semiolvidada de aquella revolución industrial en Segovia. Es así como una ristra de paneles bien documentados ayudan a poner sobre el terreno el lugar que ocuparon antiguas fábricas de papel o loza. O viejos molinos de los que apenas quedan ya cuatro piedras a punto de ser engullidas por una vegetación tan feraz que en vez de urbana parece tropical. Así de enmarañado, agreste o saltarín se presenta este tramo de un Eresma que durante muchos siglos se constituyó en la fuerza bruta que movía la industria de una de las ciudades más pujantes de España. 

El inicio del recorrido hay que buscarlo en la Vía Roma de la capital segoviana, a la altura de la antigua Fábrica de Loza y, si se baja desde el Acueducto, antes de cruzar el puente sobre el Eresma. En ese punto, la calle Camino de la Presa arranca de la rotonda para dirigirse, hacia abajo, a las orillas del río. La calle termina en una plaza, donde da comienzo la senda. Antes, una pasarela de madera invita a echar el primer vistazo a este Eresma feraz que estamos a punto de descubrir. Junto a la pasarela se encuentra también el inicio de la Cacera de Regantes de San Lorenzo, el sistema de canales que desde la Edad Media toma las aguas del río para distribuirlas entre las abundantes huertas que siempre tuvo Segovia a sus pies.

La representación de un batán ilustra sobre estos ingenios en una plaza junto al lugar donde se ubicaba la fábrica de harinas Carretero. © Javier Prieto Gallego
La representación de un batán ilustra sobre estos ingenios en una plaza junto al lugar donde se ubicaba la fábrica de harinas Carretero. © Javier Prieto Gallego
Según la documentación que acompaña el recorrido, el aprovechamiento industrial del río Eresma a su paso por Segovia comenzaba con el martilleo de los batanes que se situaban en la parte alta del cauce, desde la entrada del río en el término municipal hasta el barrio de San Lorenzo. Desde este, que es donde ahora da comienzo la senda, hasta la Alameda del Parral se ubicaron la mayor parte de molinos de pan que, andando el tiempo, con la Revolución Industrial, acabaron por convertirse en fábricas de harina. Del Parral hacia abajo se situaron las industrias del papel y la Casa de la Moneda.
Azud de la fábrica de harinas Carretero, el de mayor longitud en este tramo del río Eresma. © Javier Prieto Gallego
Azud de la fábrica de harinas Carretero, el de mayor longitud en este tramo del río Eresma. © Javier Prieto Gallego
La primera parada del recorrido se realiza a unos pocos metros del inicio, junto a la fachada lateral de la vieja Fábrica de Loza y el puente sobre el Eresma. La cochambre de hoy dice muy poco de la delicadeza y finura de las piezas que se producían en su interior. La fábrica vino a ocupar, en 1861, el lugar de una fábrica textil que antes había sido un batán propiedad del Cabildo catedralicio. En ella tuvo su taller el ceramista Daniel Zuloaga y su producción llegó a estar entre las primeras de España. Cerró su puertas en 1992. Junto al puente también puede verse el arranque en superficie de la Cacera de Regantes, que aparece protegida por un chapa troquelada con un motivo inspirado en una colección de llaves del Museo de Segovia.
A la altura de la gigantesca chimenea de la fábrica, huérfana en ese punto de las instalaciones industriales que la acompañaron en su momento, queda el azud de la fábrica de harinas Carretero, el más largo en este tramo del río. Una pasarela sobre el río permite cruzar a la otra orilla para curiosear entre el grupo de casas que ocupan hoy el espacio de aquella fábrica y de entre las que sobresale también su estirada chimenea de ladrillos rojos.
Restos consolidados del molino Cabila, junto al puente de San Lorenzo. © Javier Prieto Gallego
Restos consolidados del molino Cabila, junto al puente de San Lorenzo. © Javier Prieto Gallego
El paseo prosigue por la orilla izquierda del río hasta el grupo de casas que hacen corro a la altura del lugar que ocupó el molino de la Cabila, ya junto al puente de San Lorenzo. Unos balconcillos permiten asomarse al arranque de sus paredes y del azud que desviaba el agua a sus ruedas. Y unas escalerillas metálicas permiten colarse por entre sus entrañas para continuar, si las aguas no van crecidas, el paseo por el mismo cauce sobre unas piedras pasaderas.
La senda los Molinos pasa muy cerca de la galería porticada de la iglesia de San Lorenzo. © Javier Prieto Gallego
La senda los Molinos pasa muy cerca de la galería porticada de la iglesia de San Lorenzo. © Javier Prieto Gallego
Quien no quiera aproximarse tanto puede continuarlo por arriba. Primero acercándose hasta la inmediata plazuela de San Lorenzo, uno de los rincones más hermosos de la ciudad presidido por la iglesia del mismo nombre. De ella destacan su ábside románico, su torre mudéjar y, sobre todo, lagalería porticada que sujeta una rica colección de capiteles historiados. De vuelta al río, el paseo prosigue, como no podía ser de otra manera, por la calle de los Molinos.
Un hombre toma el sol junto al azud Tizona, en la Senda los Molinos. © Javier Prieto Gallego
Un hombre toma el sol junto al azud Tizona, en la Senda los Molinos. © Javier Prieto Gallego

 

De ella se desvían unas escalerillas que acercan hasta la orilla del Eresma a la altura del azud Tizona, el represamiento que daba servicio a cuatro molinos. El más inmediato, la fábrica de La Perla; algo más abajo, El Portalejo, transformado en armónica vivienda; senda abajo, el molino de la Peña del Pico, que recibía su nombre de la forma de uno de los grandes bloques de granito desplomados en mitad del río; y, algo más distanciado, el  molino de La Aceña.

 

Parque de la Alameda del Parral. Segovia. © Javier Prieto Gallego
Parque de la Alameda del Parral. Segovia. © Javier Prieto Gallego

 

 

Tras este, una pasarela invita a cruzar al otro lado. Allí se ubicaron las fábricas de papel de Segovia y, a comienzos del siglo XX, una de hielo y otra de borras. Hoy otra chimenea de ladrillo, huérfana entre el espacio que ahora ocupa una escuela taller, aparece como una chincheta en un mapa para señalar el punto preciso de aquellos trajines. Los nuestros finalizan hoy aquí, a las puertas mismas del vergel que es la Alameda del Parral, tapiz de sombras espesas que aguarda con impaciencia la apertura al público del más noble de los ingenios que moviera el agua del Eresma segoviano: la Casa de la Moneda, la máquina de hacer dinero que Felipe II ordenó construir a la sombra del Alcázar. Y sin más manivela que el empeño de estas aguas tan hacendosas.

 

EN MARCHA. La Senda de los Molinos es una ruta peatonal señalizada que recorre las orillas del Eresma a su paso por Segovia. Comienza un poco antes de la antigua Fábrica de Loza y finaliza en la Alameda del Parral.
EL PASEO. Tiene unos 3 km de longitud que pueden hacerse en una hora. No tiene dificultad pero hay que llevar calzado apropiado para andar por montaña. Un bastón siempre ayuda. Dependiendo del caudal, una parte del recorrido puede hacerse por la misma orilla del río desde el molino de la Cabila.
INFORMACIÓN. Puede descargarse un pdf de la página www.turismodesegovia.com. En la oficina de turismo de Segovia se vende una guía más completa con información detallada de todos los molinos y fábricas del trayecto. Tel. 921 46 67 20.
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