Las salinas de Añana (Álava)

Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego
Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego
El Valle Salado, en la provincia de Álava, ofrece el espectáculo de más de 5.000 aterrazamientos dedicados a la extracción de sal, una industria que tiene aquí una tradición ancestral. Su visita es toda una lección de cómo el hombre aprendió a extraer un elemento de la tierra que fue esencial para su supervivencia.

Un paisaje de agua y sal en tierras alavesas

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

No siempre el agua calma la sed. A veces la aviva tanto que uno se hincharía de beber hasta reventar… y seguiría teniendo sed. Y si no, date un trago del agua que mana del venero de Santa Engracia, frente a la localidad alavesa de Salinas de Añana: por muy pequeño que sea el sorbo queda en la boca un regusto a aperitivo sin rematar que tarda en quitarse más de lo que dura la visita guiada a este complejo laberinto de terrazas y canales que lleva produciendo sal, al menos, desde el tiempo de los romanos. Y razones hay. El agua de ese manantial fluye a la superficie con una concentración en sal tres veces mayor que la que tiene el Mediterráneo: 210 gramos de sal por litro, casi al borde del punto de saturación. Es decir, un chupito de esa agua da mucha más sed de la que quita. Abstenerse hipertensos.

El agua circula por canales de madera para evitar que la sal destruye las conducciones. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego
El agua circula por canales de madera para evitar que la sal destruye las conducciones. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego

El motivo de tanta salinidad tan lejos del mar estriba en la existencia, hace 200 millones de años, de un gran océano ocupando este mismo lugar. Un océano que al desecarse dejó sobre la superficie terrestre una capa de sal marina de varios kilómetros de profundidad, la cual, a su vez, acabó cubierta por diversos estratos de sedimentación posterior hasta conformar una bolsa de sal pura bajo la capa terrestre superficial. El paso a través de ella de los manantiales de agua dulce que buscan aflorar a la superficie justo en este punto hace que alcancen una concentración tal que tiñen de blanco todo cuanto queda a su alcance. O lo corroe hasta hacerlo desaparecer.

Mediante cigueñales el agua es sacada de las albercas para depositarla en las eras, donde se evapora lentamente. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España.
Mediante cigueñales el agua es sacada de las albercas para depositarla en las eras, donde se evapora lentamente. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España.

Y así, de un blanco cegador, debieron de lucir las Salinas de Añana en su momento de máxima explotación. La sal fue en el pasado un bien tan codiciado como los diamantes, el oro o el petróleo ahora. Su valor estribaba en su capacidad para conservar alimentos cuando conservar alimentos era sinónimo de supervivencia. Para los ejércitos o las expediciones de conquista su posesión significaba una superioridad estratégica que permitía alargar los asedios sin que los soldados pasaran hambre. Tanto valor tenía que ya los romanos pagaban con ella a sus soldados, dando lugar, precisamente, al origen de la palabra “salario”. Pero la sal era también un elemento indispensable en la alimentación animal, en la elaboración de medicinas o en multitud de procesos industriales.

Cestos de castaño en los que se va recogiendo la sal de las eras. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego
Cestos de castaño en los que se va recogiendo la sal de las eras. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego

Por eso el valle Salado, como se conoce a este rincón de Álava, estuvo en el ojo de los poderosos desde tiempo inmemorial. Y el afán por encontrar una forma de conseguir buena y abundante sal, también. Así que no debió de tardarse mucho tiempo en descubrir que la mejor forma de capturar la sal que “contaminaba” el agua era mediante la evaporación: extender una fina capa agua y dejar que el sol la hiciera desaparecer para recoger después con un rastrillo la costra salada que todo el mundo quería para sí. De hecho, ya en el año 822 se localiza la primera documentación que hace referencia a las eras de evaporación que en Añana servían para recoger la sal.

La Feria de la Sal

Cada año en el mes de julio las Salinas de Añana cobran vida de una manera muy especial durante la celebración de esta festividad organizada por la Fundación Valle Salado, el Ayuntamiento de Añana y la sociedad de salineros Gatzagak. La localidad celebra este momento con la organización de diversos actos y talleres infantiles que giran en torno a la actividad salinera. Pero, sin duda, el plato fuerte es el espectáculo de luz y color que al caer la tarde tiene lugar en los aterrazamientos. Más de cien vecinos participan en una representación colectiva que sirve para rememorar la que es la principal actividad del pueblo desde tiempos ancestrales en un espectáculo de gran impacto visual y emotivo.

De entonces acá estas salinas vivieron momentos de diversa pujanza, brillando con especial intensidad a lo largo del siglo XVIII. Bajo el reinado de Carlos IV las salinas viven un proceso de modernización del sistema de producción y de consolidación de sus estructuras, de tal forma que buena parte de lo que hoy se ve en el valle Salado es obra de aquel momento: a la vista, un panorama con más de 5.000 terrazas ocupando las laderas y el fondo del pequeño valle que articula el río Muera, al que van a parar los aportes de varios arroyos salinosos, como el Hontana o el Santa Engracia –el principal-, con un flujo de entorno a 260.000 litros de salmuera diarios. Una salmuera que corre, antes de llegar al río, por una red de canales tallados longitudinalmente en troncos de pino y ensamblados artesanalmente huyendo de los clavos como de la peste. Esas son las venas por las que se distribuye el agua hasta llegar a los pozos, donde cada propietario almacena su agua y posteriormente la extrae para rellenar la superficie de las eras. Así, tacita a tacita, calderada a calderada, el salinero iba haciendo suya una cosecha que almacenaba con mimo y que luego partía en carros para ser vendida en media España.

Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego
Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego

Pero en eso llegó el tren y comenzó un periodo de decadencia que fulminó, sobre todo, el coste de distribución de la sal. Con el tren a toda máquina resultaba mucho más barata, incluso para los vecinos de Añana, la sal de las salinas alicantinas de Torrevieja que la de aquí, esta sin duda de mucha mayor calidad pero también mucho más trabajosa de obtener. Así, el siglo XX vivió el cierre casi total del salero y el derrumbe de buena parte de sus estructuras convirtiendo en caos lo que antes fuera un ordenado laberinto de pozos, canales y terrazas.

 

La visita

Hoy el recorrido guiado por ese laberinto caótico es un viaje del ayer al mañana. Un mañana en el que no faltan planes para lograr, al menos, recuperar una pizca del antiguo esplendor. Y desde hace unos pocos años se han puesto a ello con ahínco. De momento, se ha ordenado la entrada al complejo rehabilitando alguno de los senderos que enlazaban las diversas zonas del salero permitiendo que las visitas guiadas puedan degustar de cerca, además del agua salada, la peculiaridad de sus estructuras: los canales de madera, los entibados que sostienen las terrazas, los almacenes o los “trabuquetes” con los que se extrae el agua de los pozos casi sin esfuerzo. Aunque, sin duda, la ovación se la lleva la sorpresa de contemplar sobre la palma de la mano, las evoluciones de unos diminutos invertebrados de color rojo tan primitivos en su constitución como capaces de sobrevivir durante millones de años a las condiciones de un agua que es, casi, pura sal.

La sal va cristalizando poco a poco en la superficie del agua. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego
La sal va cristalizando poco a poco en la superficie del agua. Salinas de Añana. Álava. País Vasco. España. © Javier Prieto Gallego

Sin embargo, el meollo de la recuperación estriba en la rehabilitación de unas 200 eras –con toda la infraestructura necesaria- que en el año 2002 volvieron a producir la primera cosecha de sal del siglo XXI. Las laderas del valle Salado se volvieron a vestir de un blanco cegador mientras se excitaba así la curiosidad de los turistas, el otro pilar de la recuperación. Porque producción de sal de calidad y explotación turística es –por el momento- la única combinación posible en un guiso que busca evitar el desmoronamiento irremediable de esta ancestral infraestructura.

Así, mientras los salineros del valle se afanan en cosechar una sal que avalan ya desde sus púlpitos cocineros de la talla de Arzak, Subijana o Arguiñano, la propuesta turística ha recibido premios como el que se le otorgó en la pasada edición de Fitur al mejor “producto de cultura” dentro del XVI Concurso al Mejor Producto de Turismo Activo. Un reconocimiento que sabe tan rico, rico como la invitación con la que se rematan las visitas guiadas por el salero: media hora de pies y manos al baño de un agua más salada que la del Mar Rojo. Un aliño terapéutico de lujo que ya quisiera para sí la más exquisita de las ensaladas.

DATOS PRÁCTICOS
EN MARCHA. La localidad de Salinas de Añana se sitúa 29 kilómetros al este de la capital alavesa.
SALINAS DE AÑANA. Las visitas guiadas se ofrecen cada hora de 10.00 a 13.00 y de 17.00 a 19.00 horas. Precio: 6 € para adultos, niños de hasta 12 años gratis. Reservas: 945 351 413 y www.vallesalado.com.
 Mapa de situación


 

 Y tú ¿conoces otras salinas qué puedan visitarse? ¿has probado el baño de pies de las Salinas de Añana? ¿has asistido alguna vez a la Fiesta de la Sal?

 

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