Premios Vaccea 2014

Fallo y entrega de los premios Vaccea 2014, otorgado por el Centro de Estudios Vacceos "Federico Wattenberg", en los que he sido galardonado con el Premio de Comunicación.

Fallo de los PREMIOS “VACCEA 2014”

 

Reunido en Valladolid el jueves 30 de octubre de 2014 el jurado encargado de fallar la 4ª edición de los PREMIOS VACCEA, correspondiente al año 2014, acordó por unanimidad:

  • Dejar desierto el Premio 2014 en la categoría de Mecenazgo. El jurado lamenta profundamente tener que dejar desierto el premio de Mecenazgo, al tiempo que constata que su decisión es fruto de la carencia de actividades en tal sentido, lo que constituye un fracaso, no sólo científico y cultural, sino como sociedad cohesionada y madura.
  • Conceder el Premio Vaccea 2014 en la categoría de Protección y Conservación del Patrimonio a la Fundación ARKEOLAN, por su compromiso con el rigor científico en la conservación del patrimonio material y arqueológico, entendiendo las labores de difusión como garantía de su mejor defensa y protección eficaz.
  • Conceder el Premio Vaccea 2014 en la categoría de Investigación y Divulgación Científicas al Grupo de investigación Sísifo. Arqueología somos todos. por su capacidad imaginativa de extnder y divulgar los conocimientos derivados de una intensa investigación científica del patrimonio arqueológico, y su divulgación recurriendo a la formación de sensibilidades sociales que reconozcan sus valores.
  • Conceder el Premio Vaccea 2014 en la categoría de Comunicación a D. Javier Prieto Gallego por su dilatada trayectoria profesional en la defensa del patrimonio cultural a partir de su capacidad de comunicación (especialmente en la utilización de imágenes subjetivas), y generación de unas señas de identidad colectivas y su entendimiento como factor de cohesión social.

Los Premios Vaccea fueron creados en el año 2008 por el Centro de Estudios Vacceos para destacar la labor de personas, colectivos o entidades e instituciones en la salvaguarda, promoción y conocimiento del patrimonio arqueológico, con especial atención al de las identidades prerromanas de la Edad de Hierro, en gran medida configuradoras de las idiosincrasias de los territorios actuales.

El acto de entrega de la 4ª edición de los Premios Vaccea se celebró el 28 de noviembre de 2014 a las 11:30 horas en el Palacio de Santa Cruz, sede del Rectorado de la Universidad de Valladolid.

* * *

El Centro de Estudios Vacceos “Federico Wattenberg” (CEVFW), de la Universidad de Valladolid, se dedica al estudio de la civilización vaccea. Se ubica en la Plaza Mayor de Padilla de Duero (Valladolid); el edificio corresponde a una antigua herrería, adquirida por la Universidad de Valladolid en 2000, la cual, mediante las oportunas reformas, se transformó en residencia de arqueólogos y centro de recepción de los visitantes al yacimiento de Pintia.

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DISCURSO PRONUNCIADO EN LA RECOGIDA DEL PREMIO DE COMUNICACIÓN “VACCEA 2014”

Autor: Javier Prieto Gallego

Recibir este premio es para mí un gran honor, una gran alegría y también un enorme estímulo que me animará a continuar las tareas de divulgación sobre patrimonio que vengo desarrollando de manera independiente desde hace más de veinte años. Qué duda cabe que será también una llamada a la responsabilidad para tratar de hacerlo de la mejor manera posible.

Y en este sentido, quiero aprovechar esta ocasión tan solemne para pedir disculpas por la montaña de incorrecciones, o al menos de imprecisiones, que a buen seguro a lo largo de todo este tiempo, y siempre a mí pesar, se me habrán venido deslizando en la elaboración de las decenas de reportajes relacionados con temas de patrimonio arqueológico publicados en los diferentes medios  de comunicación de los que soy colaborador. Al menos desde mi punto de vista, tienen una pequeña justificación: cada vez que abordé la tarea de escribir sobre alguno de ellos, y teniendo en cuenta la brevedad a la que fuerza la publicación en un periódico o en una revista, me marqué siempre el mismo empeño: ser preciso sobre la información pero, sobre todo, no ser pesado; despertar en el lector la suficiente dosis de curiosidad como para que al final de la lectura solo tuviera ganas de una cosa: vivir la experiencia de acercarse a visitar ese lugar. Osea, algo tan viejo, y casi siempre tan difícil, como informar entreteniendo.

De hecho, siempre he considerado que mi papel como divulgador o contador de historias relacionadas con nuestro patrimonio debía de ser ante todo la de alguien que llama la atención sobre lo que a menudo tenemos tan cerca pero que, tal vez por eso, nos pasa tan y tan desapercibido. La de despertar curiosidad, ganas de pasar de la lectura a la acción.

Recuerdo ahora cómo casi desde los primeros reportajes de viajes que comencé a escribir para El Norte de Castilla a principios de los años 90, me di cuenta de que existía una superabundancia de información, incluso machacona, siempre sobre nuestros recursos patrimoniales más evidentes. Parecía que solo merecía la pena viajar para conocer nuestras grandes catedrales, nuestros grandes castillos y nuestras ciudades patrimonio. Como si todo lo demás no tuviera el más mínimo interés.

Fue entonces, tratando de salirme de los caminos trillados, que ya consideraba hasta aburridos por previsibles, cuando le cogí el gusto por llegar a esos otros rincones que apenas aparecían ni siquiera marcados en los mapas y de los que resultaba hasta complicado encontrar cuatro datos para contar algo mínimamente interesante.

Lo que, en principio pudiera parecer una dificultad añadida, la falta de información, pasó a convertirse en un estímulo. Resulta que le encontré gusto a viajar justo allí donde apenas existía señalización turística que dijera cómo llegar, o un mínimo panel informativo o un sencillo folleto. Internet no existía, así que ahí era imposible buscar.

En ese alejamiento de los lugares trillados y en ese acercamiento a los rincones poco transitados comencé a toparme con unos territorios fascinantes y de los que yo entonces apenas sabía nada: los que se escondían detrás de la palabra “yacimiento” que a menudo me encontraba señalados en los mapas topográficos que usaba para planificar las excursiones (por supuesto tampoco eran tiempos de gepeses). Así es como empecé a disfrutar uno tras otro de la larga lista de yacimientos que ofrecían alguna posibilidad de ser recorridos. Osea, un mínimo interés hasta para el más profano en materia arqueológica como era yo mismo.

Planificar una ruta o un viaje en busca de un yacimiento que tuviera algún resto que fuera mínimamente visible o intuible pasó a convertirse en promesa de que estuviera donde estuviera el yacimiento, el lugar en sí mismo seguro que iba a merecer la pena. Descubrí que casi siempre se trataba de enclaves escogidos por alguna razón, casi seguro que estratégica, muchas veces con fantásticas vistas, o rodeados por increíbles precipicios defensivos, o con restos de murallas aún por desenterrar, o rodeados de ríos memorables, como es el caso del yacimiento de Pintia.

Pero, sobre todo, lo que descubrí enseguida es que se trataba de lugares cargados de un misterio y de una energía de la que carecen otros lugares. Un misterio y una energía que llegaba directamente del momento en el que fueron lugares habitados por seres más o menos como nosotros, pero que vivieron hace mucho tiempo atrás. Lugares hasta los que siempre merecía la pena echar un viaje, aunque solo fuera por dar  un pequeño paseo entre esas piedras caídas o medio enterradas, desordenadas pero que alguien algún día muy muy lejano se había tomado la molestia de colocar en su sitio por razones que, ya eso sí, entendían de verdad quienes tenían entre sus manos el estudio de la materia arqueológica.

El sentimiento menos positivo que esas visitas siempre despertaban en mí era la indolencia que me transmitía tanto abandono, tan poca sensibilidad hacia algo tan valioso que podía perderse para siempre en cualquier momento.

Por suerte, a lo largo de todos estos años he visto cómo el interés hacia estos rincones ha ido creciendo con el tiempo. Y, aunque aun no estén ni de lejos en la primera línea del escaparate turístico, hoy en día, en buena parte de todos aquellos yacimientos el visitante encuentra al menos un mínimo cartel indicativo, o una pequeña descripción de lo que se ve y de lo que no, pistas para entender el significado que estos lugares tuvieron en el pasado.

Otros yacimientos, los que han contado con la fortuna de tener tras ellos gente empeñada en que todo este legado no se perdiera de manera irremediable, se encuentran arropados por pequeños centros de interpretación en los que van quedando recogidas piezas o explicaciones. Y algunos, hasta cuentan con guías que ayudan a los profanos como yo a ajustar sus visiones, a veces muy fantasiosas, a lo que más o menos pudo ser la realidad.

Sin duda creo que, aunque quede mucho por hacer, también es verdad que se ha avanzado mucho en el campo de la divulgación y promoción de este tipo de patrimonio. Al fin y al cabo, pienso que el mayor avance ha sido adquirir conciencia de que invertir dinero en la conservación y divulgación de nuestro patrimonio arqueológico es invertir en la conservación y mantenimiento de nuestras raíces. Las más profundas. Y ójala que hayamos entendido para siempre que lo que le sucede a un árbol sin raíces es lo mismo que nos puede suceder a nosotros.

Entrevista a Javier Prieto Gallego

Entrega de premios Vaccea 2014

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