Un paseo por el castro de Monte Cildá (Palencia)

Restos de murallas en Castro Cildá. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego
Restos de murallas en Castro Cildá. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego
Paseo a pie hasta el castro cántabro de Monte Cilda, junto a la localidad palentina de Olleros de Pisuerga.

OQUEDADES, CAÑONES Y OLVIDOS

© Textos y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

La superficie pelada y plana de esta montaña palentina es, tal cual, un plato sopero de porcelana puesto boca abajo. Si luego uno se agacha y lo mira en cuclillas desde el mismo borde de la mesa pues ve exactamente el perfil orográfico de Monte Cildá. Más o menos lo mismo que veían los romanos desde el otro lado del cañón de La Horadada cuando estudiaban la forma de desalojar a los testarudos cántabros que se habían atrincherado en la parte alta del plato para dar sopa con hondas a quien se pusiera a tiro. Y eso que el monte en cuestión no es gran cosa en cuanto a altura: 986 metros literalmete pelados. Sí lo son, y mucho, las poderosas y hermosísimas defensas naturales que presenta. Para subirse a la parte plana del plato sólo hay un camino, el resto del perímetro montañoso es una colección de precipicios y cortados en los que basta sentarse con los pies colgando y un tirachinas para descalabrar a quien ose la trepada sin el debido permiso.
Otro argumento de peso que debieron estimar los habitantes del castro a la hora de presentar resistencia debió de ser, al menos en alguna medida, la belleza de un paraje al que seguro no fue fácil renunciar.

Tal vez convenga, antes de pasearse por él, observarlo desde lejos. Nada mejor entonces que tras llegarse aOlleros de Pisuerga continuar hacia Mave y tomar, en el mismo cruce de la carretera, el camino que por la izquierda lleva hasta la antigua central eléctrica de La Horadada. Un caminito la bordea por alto mientras conduce hasta el agujero fantástico que permite entrar en otra dimensión, la que se descubre una vez atravesado mientras se pasea por las cornisas rocosas de la zona superior del cañón de La Horadada: a un lado, tierra adentro, la meseta fantasmagórica de Las Tuerces; al otro, la meseta relamida de Monte Cildá; en medio, el espectacular cañón de La Horadada abierto por un río Pisuerga que por aquí parece discurrir en silencio y de puntillas, como para evitar hundimientos indeseados o hacer más agujeros donde ya no hacen falta.

Río Pisuerga. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego
Río Pisuerga. Olleros de Pisuerga.Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego


La panorámica de Monte Cildá desde esta orilla –la izquierda del Pisuerga- evidencia la naturaleza calcárea del sustrato rocoso sobre el que se asentó una de las más importantes urbes del sur cántabro. Su principal característica es la facilidad con la que el agua, el hielo y el viento se lo montan para dar forma a la roca y modelar con ella tal cual si lo hicieran con plastilina. Esa es la razón de tanta cárcava, agujero y covacha como puntea el cíngulo rocoso que hacía fuerte su explanada superior.


También esa –la abundancia de cuevas y cuevones- es la razón de que toda esta área fuera abundantemente poblada en épocas prehistóricas. Tantas oquedades sin hipoteca por el medio debieron convertir La Horadada y sus contornos en un área de densa población neolítica, tal como refleja la abundancia de restos encontrados –y por encontrar-. Entre los hallados destacan varios útiles fabricados por el hombre Neandertal, como se sabe, rama extinguida del género humano que habitó precisamente, estas mismas oquedades.

 Castro Cildá. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego
Castro Cildá. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego

Para recorrer a pie el castro hay que retroceder hasta Olleros. Nada más cruzar el puente sobre el Pisuerga surge, por su orilla derecha, una pista agrícola con un cartel que indica la dirección hacia el castro. Cosa que no sucede en las dos siguientes bifurcaciones, donde primero habrá que seguir por el ramal izquierdo y después por el derecho. Se alcanza así, en la parte alta del páramo una encrucijada con un poste. Si se deja el coche aquí habrá que caminar por el ramal derecho, hacia la parte más alta del horizonte, para alcanzar en unos 15 minutos los restos de la muralla tardorromana reconstruida en época visigoda, puerta de entrada y resto más palpable del castro de Monte Cildá.

Restos de murallas en Castro Cildá. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego;
Restos de murallas en Castro Cildá. Olleros de Pisuerga. Palencia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego

EN MARCHA. El acceso hasta el castro de Monte Cildá puede hacerse desde Olleros de Pisuerga, hasta donde alcanza una desviación de la N-611, a cuatro kilómetros de Aguilar de Campoo. A la salida de Olleros, antes de cruzar el Pisuerga, un cartel indicador señala el inicio del camino hacia el castro.

QUÉ MÁS. La ermita rupestre de Olleros de Pisuerga es, por su tamaño y calidad, un ejemplo único en la Península de templo eremítico excavado en roca. Los orígenes de este eremitorio podrían estar en un habitáculo natural utilizado ya por el hombre primitivo. Es posible que aquella cavidad natural se corresponda con lo que actualmente es la sacristía. Así la encontraron quienes en el siglo VI salían poco a poco de las montañas del norte buscando horizontes más abiertos y menos lluviosos.


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